miércoles, 12 de diciembre de 2012

TEORÍA INVOLUCIONISTA I

Ahora que estoy en la misma situación que los 5,5 millones de parados en España, solo que en Montevideo y, pese a que estuve un tiempo con el ánimo a la baja, me he dedicado a observar el comportamiento de las personas ante pequeñas situaciones cotidianas y anoche, bajo una negra nube de mosquitos (tal vez uno o dos) reflexioné acerca de uno de los aspectos más notorios de la reivindicación de género: el sacrificio del caballero en pos de la igualdad.

Situación: Lluvia torrencial. La que suscribe fue al supermercado a buscar provisiones para la bienamada mascota (para los que no lo sepan, un pequeño felino llamado Hendrix). En el supermercado, descontando los empleados, habría unas cuatro o cinco personas. El local puede dividirse en cuatro partes: la entrada/salida (donde están las cajas, los guardabultos, la heladera de los lácteos y, obviamente, la puerta); un área central con tres pasillos atestados de comestibles no perecederos; el fondo, donde funciona la verdulería y, hacia la derecha, se abre otro salón, donde está la fiambrería, panadería, heladeras con productos congelados y bebidas. Pero, detrás de todo eso, al costado del mostrador de los fiambres y embutidos, hay una estantería donde uno puede comprar -para salir del paso- comida para perros y gatos y, en mi caso particular, también piedras sanitarias para gatos.

La comida estaba a la altura de mi cabeza, por tanto no me fue difícil servirme de ella; sin embargo, las piedras sanitarias estaban en el estante más alto, y, aún en puntas de pie, se me hacía bastante complicado alcanzar una bolsa. En el mismo sector del supermercado, a unos pasos no más, había cuatro hombres: el fiambrero, un reponedor y dos clientes. Ninguno de los cuatro ofreció ayuda. Era imposible no verme; primero porque es imposible no verme, tengo sobrepeso y me visto con ropas de colores, segundo porque estuve, literalmente, 45 segundos para alcanzar la bolsa. 

Supongamos que el chico de la fiambrería (entrado en los veinte años) no podía dejar lo que estaba haciendo; quedan otros tres. El chico que repone los productos, que no llega a tener 20 años, y los dos clientes, un hombre de unos treinta y algo de años y otro de alrededor de cincuenta. Tal vez esté generalizando, pero no parece ser una cuestión generacional... descartando también que el uruguayo tiende a tener una estatura media baja, y que esta, sumada al miedo a hacer el ridículo en público, podría haber afectado su comportamiento... Esta última hipótesis me parece un tanto descabellada. Me quedo con algo más simple: tanto hemos reclamado por la igualdad de género, que ahora, ante situaciones en las que podríamos necesitar la ayuda de los hombres, no la obtenemos, sea porque ellos no las detectan o sea también, porque nosotras no la pedimos.

En este caso, yo no le pedí ayuda a ninguno. Me las ingenié para pasar los dedos por entre las rejillas que tienen los estantes por delante, para que la mercadería no se caiga, fui empujando la bolsa con los dedos hasta la orilla y lo conseguí. Pagué la bolsa en la caja y la apreté fuerte, orgullosa de haber pensado todo esto mientras volvía a casa diciéndome edípicamente (o "eléctricamente", mejor): "Mi viejo estaría orgulloso de mí". 

miércoles, 28 de noviembre de 2012

El tiempo de las estaciones III

En mi cabeza sigue dando vueltas esa idea del tiempo de las estaciones. He llegado a entender el concepto desde mi interior, pero aún no puedo ponerlo en palabras tal como a mí me gustaría. Sin embargo, el tiempo de las estaciones me persigue y todo acontecimiento, últimamente, lo leo en clave de espera.

Hoy recibí un mail del cantor jachallero a quien le escribí una carta. Carta que tuve unos días conmigo y que no me animaba a mandar por miedo a desatar ese tiempo de espera que podría parecer interminable. Sin embargo, tomé coraje y la envié. Él me respondió que la carta le había llegado y que le había hecho una cosita en algún lugar... un "no sé qué", que no me explicó y al que trato de llenar con sensaciones positivas...

Sin embargo, ese mail que él me respondió, cierra el círculo del tiempo de las estaciones para esa acción puntual que fue la carta que yo le mandé. Ya no voy a esperar una carta con un matasellos de la provincia de San Juan, y sé que no voy a recibir un sobre donde, con su puño y letra, esté escrito mi nombre. Él cerró el tiempo de las estaciones con su respuesta electrónica. Y le agradezco que así sea. Aunque, de todas maneras, ha abierto otra espera, que, por razones mágico-cósmicas, no voy a revelar.

El problema se da cuando alguien no cierra el tiempo de las estaciones, y uno entra en una especie de duelo permanente e incierto, donde, a la larga o a la corta, por más empeño que se ponga en el olvido, la idea de la esperanza hiberna bajo la piel. Recuerdo una explicación nunca recibida, de un hombre del cual me enamoré profundamente hace algunos años, que desapareció de mi vida sin dar explicación alguna. Me llevó algún tiempo poder reponerme (incluso hoy, cuando pienso en él, me duele un poco el pecho) y, aunque intenté evitarlo, desoírlo, bloquearlo de facebook, ponerme contenta por sus conquistas amorosas, etc., algo en mí se retuerce cuando tengo noticias de él a la distancia. Esa es una espera que está abierta, tan abierta que, durante años, esperé que me escribiera para decirme que todo había sido un siniestro acto de cobardía y que, tras una reflexión, se había dado cuenta que estaba cometiendo el peor error de su vida. Sin embargo, la experiencia me muestra que eso no sucede.

Los dos vamos a sobrevivir sin la presencia del otro, y tal vez, el destino no buscaba unirnos, sino que buscaba otra cosa. Me pasa, de vez en cuando, que una de sus hijas me escribe. Y a mí, me llena de felicidad, no porque sepa que él va a enterarse, porque mantenemos nuestras charlas en una absoluta reserva, sino porque pienso que, entre los vericuetos del destino, estaba que ella y yo mantuviéramos una suerte de amistad. Y eso, en definitiva, es algo que he empezado a aceptar últimamente. No soy yo quien teje mi destino, mis deseos son, las más veces, caprichos. Hay una fuerza que domina los pasos de cada uno y, a veces, lo que uno quiere, no se parece en nada a lo que uno de verdad necesita.

lunes, 5 de noviembre de 2012

EL TIEMPO DE LAS ESTACIONES II

Nietzche hablaba del "eterno retorno" para explicar aquellas situaciones que se sucedían una y otra vez a lo largo de la historia y, en definitiva, ayudaban a construir un arquetipo de la esencia humana. No fueron los filósofos los únicos interesados en estas cuestiones. Muchos escritores intentaron trazar los bocetos del alma humana, algunos alcanzaron cierta universalidad en sus producciones y aún hoy pueden ser abordados sin bostezar por desvelados curiosos y pensadores de entre casa, como quien suscribe.

Hablando de pensamientos de entre casa, últimamente estoy manejando el concepto del tiempo de las estaciones, una suerte de tiempo cósmico no equiparable al tiempo cronológico ni kairótico, como podrían entenderlo los griegos, sino más bien, cercano al tiempo aiónico -para el cual no hay, siquiera, una posibilidad de verbalización-. 

El tiempo, para los antiguos griegos, estaba identificado con tres deidades: Chronos, Kairos y Aión. Chronos regía la irreversibilidad del tiempo, una suerte de elemento tiránico al que es imposible vencer y que todo lo devora con el devenir de los instantes; Kairos, en cambio, estaba representado por un joven de cabellos largos por delante y calvo por detrás, es el tiempo de las oportunidades que se presentan esporádicamente; Aión es, a la vez, niño y anciano, un dios generoso y satisfecho, y que rige el transcurrir por el mero placer de pasar por una etapa. Tal vez, mi tiempo de las estaciones, tenga mucho que ver con ciertos aspectos del tiempo aiónico.

El tiempo de las estaciones es, al menos preliminarmente (hasta que logre darle una forma más acabada), el tiempo de las esperas. Una suerte de azar premeditado incuantificable en tiempo cronológico, en el cual la ansiedad juega un papel catastrófico cuando se dispara. El tiempo de las estaciones es, en un sentido oracular, el transcurso que se sucede desde que uno desea algo hasta que ese algo sucede verdaderamente. Este tiempo, nada tiene que ver con las acciones que uno emprenda para lograr algo, sino con la confianza y la espera. El destino, axioma inexorable en estas circunstancias, se tomará todo su tiempo para hacer que el alma humana atraviese lo que tiene prefijado, y, de ser necesario, volverá a ponerte una vez más en el lugar de dónde has partido si lo cree conveniente. 
   

miércoles, 24 de octubre de 2012

EL QUE SABE, SABE; EL QUE NO, ES JEFE

Suelo tomar taxis, ahora, tal vez, un poco menos que antes. No me gusta el transporte público, lo confieso. Viajar como ganado en pie, a la buena de Dios, con el peligro de un ómnibus atestado de gente y de viejas con equipaje alteradas porque no encuentran asiento, sumadas a los "caballeros" de a pie que te empujan para subirse primero y al desaliño constante y a la odorífera contaminación de muchos empleados del transporte colectivo. Sí, señores, ¿por qué no? Tal vez tenga algunas veleidades burguesas bien acentuadas.

Retomo. Hace unos días, en una conversación amena con un tachero muy observador, me comentó que, para él, Montevideo era una ciudad "hinchapelotas". Con la explicación que me dio fue suficiente para que adhiriera yo también a la misma corriente de pensamiento crítico. Montevideo es una ciudad hinchapelotas porque está a medio camino entre la vorágine de ciudades como Buenos Aires y la tranquilidad cuasi perezosa de las ciudades del interior del Uruguay. Es decir, somos los habitantes de una ciudad que está tan alterada como para alternar entre la siesta adormecedora del "después de almorzar" y la locura exagerada de las horas picos del subte porteño (sin la magia del subte, oviamente).

Sin embargo, si me pongo a pensar de qué lado estoy a la hora de atender mi ritmo interior, bueno, tal vez esté bajo el embrujo de los "sesteadores perezosos". Sí, ¿por qué no? Confieso que mi ritmo interior no es el ritmo vertiginoso de la fibra óptica, sino, tal vez, el craquelado sonido estridente del viejo modem de conexión telefónica -ese que te dejaba usar Internet o el teléfono, pero no las dos líneas a la vez-. No es un pecado tomarse el tiempo para algunas cosas, tampoco es un pecado no agilizar nada si uno realmente, no está motivado. Lo que tiene esta ciudad es que es capaz de extirparte absolutamente todas las ganas de vivir y convertir el arcoiris en una nube gris dispuesta a permanecer suspendida en el aire viciando cualquier intento de felicidad...

En fin, una de las más acuciantes críticas acerca de mi entusiasmo laboral es, entre otras, la persona que me paga el sueldo. Confieso que, últimamente, voy a trabajar por el simple hecho de que no me descuenten ni un día de jornal, pero lo cierto es que mi trabajo me ha llevado de la desmotivación al tedio y, en estas últimas semanas, al spleen baudelairiano. Y, realmente, se me debe estar notando bastante, porque ya no me importa llegar tarde ni colmar ninguna expectativa ajena a pasar las ocho horas lo más rápidamente posible para llegar a casa a jugar con el gato.

De todas maneras, y como es característico en mí, tengo una explicación para ello. En toda relación de dos, la culpa puede ser repartida como un botín bucanero entre dos capitanes: 50% es mi culpa; 50% es culpa del otro. En este caso, yo no le estoy poniendo onda al laburo; pero la otra parte no me está poniendo onda a mí. Siempre dije que tener jefas mujeres es una de las peores experiencias que te pueden tocar. Sí, acúsenme de detractora de todo feminismo, de todo empoderamiento femenino y pónganme la M de machista escarlata en el pecho (como a Demi Moore en "La letra escarlata"; y, de paso, tráiganme a Gary Oldman para que me pervierta). 

Lo que más me ofusca, en este intento de intercambio de fuerza de trabajo por salario, como diría Marx, es que he pasado a ser el último orejón del tarro. Algo que una leonina megalómana no puede soportar. Pero no obstante eso, me he convertido en una suerte de chivo expiatorio al que le dan, un rato, todos los días. 

SITUACIÓN: Te ponen a la madre de tu jefa a laburar contigo. Ella es la señora que la engendró, o sea que tiene los genes más una edad considerable para obtener el Ph. D. en hinchapelotez. De cada tres llamadas recibidas, una es de ella. De cada cinco tareas para hacer, tres son órdenes de ella. De cada quilombo que se arma, la culpa de ese y del anterior, son tuyas. Sale a "promocionar" la obra en vez de ir a tomar el té al Oro del Rhin con las amigas y te dice, sin anestesia: "Yo puedo hacer esto porque tengo presencia y sé hablar." ¿Tengo que pensar que queda implícita la premisa de que yo no sé hablar ni tengo buena presencia? 

SITUACIÓN 2: La anteriormente mencionada madre de la jefa tiene la gran idea de presentar la obra en un teatro montevideano, pese a que tres de los cuatro actores -la cuarta actriz es la hija- se oponen rotundamente por falta de ensayo. La obra se presenta. Sale bien, o sea, no sale todo lo mal que podía haber salido. Mi jefa agradece a absolutamente todos los que trabajaron para la obra, incluida la pendeja que sacó unas fotos mal encuadradas y con las que hice, literalmente, magia para hacer un afiche (que, dicho sea de paso, hace demasiada justicia). Nadie se acuerda de agradecer a la persona que hizo el afiche. Al final, uno de los actores le agrega, "y gracias a Jimena también". No queda más remedio, después de todo, que decirme GRACIAS.

SITUACIÓN 3: Secretario de Cultura habla conmigo y piensa pagar el caché de la obra más traslado, comida y alojamiento de actores para hacer una función. Le comunico a mi jefa, le digo que es lo mejor que le puede pasar y que agarre viaje. Ella -más megalómana que yo- se sube al carro, le pide todo eso más hacer la boletería y que, prácticamente, le den la llave de la ciudad y un doctorado honoris causa a cada actor. ¿Cómo terminó eso? Secretario de Cultura decide, únicamente, prestar el teatro para la obra. Me encargo de mandar comunicados de prensa, de contactarme con instituciones educativas para que vayan a ver la obra, etc. Receptividad: CERO. ¿Quién tiene la culpa? Yo.

Entonces, concluyo, cual frase que bien pudiese ser acuñada por el filósofo de los medios Jacobo Winograd: El que sabe, sabe... el que no, es jefe. 


sábado, 6 de octubre de 2012

EL TIEMPO DE LAS ESTACIONES

He contado un par de historias en las que muestro la idiosincrasia de los uruguayos, pero nunca descubro ante los demás cuál es mi propia idiosincrasia. Esta vez, la historia revela algo que me sucedió y que me deja desnuda frente a mi propia miseria, o tal vez, frente a mi propia humanidad…
Días atrás viajé a la Argentina, mi país. Un poco incrédula, porque la última vez que estuve del otro lado del charco me sentí bastante mal. Pero supongo que era porque me fui pensando que, tal vez (sólo tal vez), me iba a sentir tan cómoda como para quemar la cédula uruguaya en la puerta de la embajada… No sucedió, y eso me frustró un poco.
Retomo. Viajé a la Argentina a un encuentro de escritores y plásticos en San Juan. Fue la primera vez que viajé 1200 kilómetros sola. Pasé una semana maravillosa junto con personas increíbles y entrañables que han pasado a conformar lo que una amiga denomina familia intrapsíquica (y que algún día explicaré).
Acerca de la ciudad de San Juan no voy a poder hablar mucho, ya que estuve unas cuatro horas el primer día y otras cuatro el día de mi regreso. La mayor parte del tiempo la pasé en un pueblo llamando San José de Jáchal, una suerte de oasis de paz enclavado entre las sierras, a medio camino entre San Juan y el Paso de Aguas Negras, en la frontera con Chile.
Tampoco me voy a detener a hablar del impresionante recibimiento y acogida que tuvimos por parte de autoridades y habitantes de Jáchal, ni de lo bien que nos trataron, ni de lo bien que nos alimentaron –cosa importantísima para una gordita que habita en un país donde “Vengo de un avión que cayó en las montañas” es una frase plausible de conjurar si quiere justificar que ha sobrevivido comiéndose a sus amigos y parientes-.
Paso a contar la historia. Viernes a la mañana. Último día en Jáchal. La Municipalidad nos tenía planeado un paseo por la zona. La que suscribe, como siempre, se demora (por eso de que la hora es una superstición burguesa) y, en vez de salir desde la Casa de la Cultura en el colectivo junto con sus compañeros de viaje, los alcanza en la puerta de un museo. ¡Oh, sorpresa! También los acompañaba un cantor local, al que había visto noches atrás tocando en el restaurante donde nos alimentaban, y cuya mirada me había dejado cautivada y pensativa esa noche… pero los efectos del vino y un tal escritor valenciano que mandaba unas señales de humo al teléfono celular, habían logrado paliar esa sensación.
A veces, sólo a veces, el sol cae de determinada manera sobre alguien, el rumor del río se escucha desde dentro y el silencio de la piedra lo invade todo, a veces, sólo a veces, en ese pacto silencioso entre la naturaleza y la mujer, alguien se posa como un ave sobre una rama, anunciando con su canto un nuevo despertar. A veces, sólo a veces, entonces, uno se enamora perdidamente a primera vista y ve crecer esa sensación como un brote de vida que sale, sin pedir permiso, del corazón de una semilla.
Eso fue lo que me pasó. Me enamoré a primera vista (por segunda vez) de un hombre cuya piel era del color de la soledad, pero sus ojos eran del color del corazón. Y esta vez, con mate amargo de por medio, decidí acercarme a conversar. Me llevó toda la mañana traspasar los asientos del colectivo disimuladamente, hasta poder sentarme delante de él. Cuando llegué, ya no tenía ni agua caliente en el termo para poder convidarle un mate y así empezar una charla amena… Así que tuve que improvisar, sacar cualquier tema de conversación e intentar mantener la charla. La sorpresa me la llevé yo, cuando, horas más tarde, seguíamos hablando naturalmente, como si nos conociésemos de otra vida, y yo había dejado de intelectualizarlo todo, y había empezado a sentir una suerte de felicidad completa… Esa tarde pasará a ser, dentro de mis memorias, un capítulo importante: La tarde en que me enamoré en Jáchal.
Bajamos en varios lugares, yo lo miraba sin mirarlo… quiero pensar que él hizo lo mismo. No lo sé. Soy pésima para ese tipo de señales y mi astigmatismo mióptico, finalmente, no me permite ver ni de cerca ni de lejos…
Al terminar la tarde, terminó el viaje. Volvimos a la puerta de la Casa de la Cultura. Varias veces le oí decir mi nombre en las horas en que pasamos hablando. Varias veces, cuando dijo mi nombre, tuve que agarrarme fuerte de algún asiento para no perder el equilibrio. La conjunción de esa voz y esos ojos llenos de cielo me podían haber hecho quedar entre las sierras para siempre.
Antes de bajarnos, quedamos en vernos en la cena de despedida. Lo vi alejarse lentamente, guitarra al hombro, cruzando la plaza. Hubiese querido decirle que había planeado ver el amanecer con él. Lo esperé toda la noche. Amanecí en la puerta de la casa donde me estaba alojando.
Dicen, los que quedaron allá, que fue al lugar donde estábamos cenando y que no se animó a entrar. Dicen también, que pidió mi correo electrónico para escribirme. Todos los días, desde hace cinco días, reviso el correo con la secreta esperanza de encontrarme un mensaje suyo. Sé que tiene el tiempo de las estaciones; y yo, que en esta vida aprendí a despedir, a recibir, a dar, a olvidar y a perdonar… ahora estoy aprendiendo a esperar según el tiempo de las estaciones…

miércoles, 18 de julio de 2012

¡ELVIS, EL MUNDO ESTÁ LLENO DE IDIOTAS...!

Cuando el Coronel Tom Parker intenta convencer a un Elvis Presley devaluado y deprimido, de volver a los escenarios dentro de un traje de luces en Las Vegas, alude a una frase que es, tal vez, en magnitud, equiparable a la famosa "Alea iacta est" proferida por Julio César: "Elvis, el mundo está lleno de idiotas... ¡engañemos a los idiotas!". ¡Elvis, querido... El Coronel Parker sabía lo que decía!

Unas noches atrás, deambulaba en facebook cuando me sorprendió una ventana de diálogo con un "hola" bien escrito de un "amigo" que no tenía registrado en mi acervo facebookero -aunque ya confesé que agrego personas indiscriminadamente porque después de los dos mil amigos, ya no puedo seguir ningún criterio de amistad. El chico se hacía llamar por un apodo que, viendo sus fotos de perfil, le cabía bien, ya que parecía dedicarse al canto folklórico. De todas maneras, un apodo que lleva una letra eñe en medio, es siempre sospechoso.

Entablamos una conversación en la que, tras unas dos o tres líneas dedicadas al nunca bien ponderado tema del clima (que ayuda a romper cualquier tipo de hielo), me comentó que estaba en "su" campo, en San Bautista. Hasta ese momento, nada me pareció anormal... es más, intenté adjudicar cierta coherencia, al conjugar el folklore con la vida en el campo. Hubiese sido raro si se dedicase a cantar folklore y estuviese en mirando por la ventana del Palacio Salvo. En fin... De todas maneras, el uso del pronombre posesivo "mi" para referirse al campo, me rechinó un poquito y me dejó una reminiscencia de ostentación innecesaria que pronto opaqué con un pensamiento represor.

Mientras me contaba que al día siguiente tenía que viajar a Montevideo, me puse a husmear en sus álbumes de fotos. Una curiosidad normal en cualquier usuario de una red social, supongo. Mientras miraba, pensaba que no todos los folkloristas de menos de treinta tienen por qué parecerse a Abel Pintos, adonis del folklore new age, cantando "Cactus" de Ceratti en  las tierras enrojecidas del norte argentino al atardecer... ¡Pero qué lástima que no se parecía a Abel Pintos!

Hasta que llegó ese momento... ese pequeño instante que puede hacer la diferencia entre "quiero conocer a este pibe" y "ché, ¿qué estarán dando en el Discovery Channel?". El tipo me comentó que tenía que venir a Montevideo porque lo había invitado "Carballo" a la televisión. CTRL + B... Carballo, Carballo... '¿Luis Alberto?' -le dije. Luis Alberto Carballo... Charóná en mi disco duro, el que se ponía una peluca y tenía un programa infantil en el Canal 5 cuando yo iba a la escuela, y al que iba a ver todas las tardes porque mi mamá me dejaba ir al Canal 5 sola o con alguna amiga o incluso, con mi hermano, porque el canal queda en la misma manzana de mi casa... Sí, lo reconozco... ahora tiene un programa de chimentos en Canal 4 donde parece un mal imitador de Jorge Rial, no solamente por el formato del programa y el contenido, sino por los cuidados movimientos de manos que me llamaron la atención la vez que lo vi porque no fui a laburar.

Me preguntó si me daba cuenta de quién era Carballo... Le dije que sí; obviamente no mencioné a Charoná... creo que ni el propio Carballo recuerda haber sido una vez el héroe de la revista para niños sabelotodos... incluso mi madre me miró con cierta incredulidad una vez que comenté que ese tipo era Charoná... En fin... El pibe iba al programa de Carballo... '¿Vas a cantar?'- le pregunté casi por compromiso-. Me contestó que no, que lo habían invitado porque había sido pareja de Mónica...

CTRL + B... ¿Mónica? ¿Mónica? ¿Qué Mónica? Evidentemente, el pelo así como lo tengo me delata: ¡¡¡Me están faltando horas peluquería!!! Tengo que dejar de leer a Gombrich y ponerme a leer la revista Caras... ¡No me doy cuenta quién carajo es Mónica! Me vi obligada a preguntarle quién era Mónica... y, para mi sorpresa, me respondió: "Farro", y fue como sacarle el tapón a una pileta llena de agua... empezó a contar que habían sido pareja, que había ido a Buenos Aires con ella y bla bla bla... bla bla bla... bla bla bla...

Entonces intercambiamos celulares, aunque yo ya estaba pensando que ese pibe, que podía ser, perfectamente, el hijo de Mónica Farro, tal vez no era una buena compañía para un miércoles a la tardecita... De todas maneras, remató con lo que da para una nueva entrada en el blog: el comentario que, más que un halago, parece una declaración vil de chauvinismo vengativo... "¡Cómo me gustan las porteñas!"

Nunca llamó. Debe ser porque a este sí le dije que no quería ir a la rambla en junio a hacer muñecos de escarcha... 


domingo, 8 de julio de 2012

PONGO UN CIRCO Y ME CRECEN LOS ENANOS I


Quien, como yo, anda pisando la línea de los treinta, sabe que las opciones para conseguir pareja se debaten entre "muy pocas", "por lo menos, trabaja" y "es lo que hay". Debemos admitirlo con dignidad: los solteros de más de treinta son terriblemente sospechosos. Cuando una conoce un soltero inscripto en esta franja de edad, lo primero que piensa (después de pedirle a las divinidades: "¡Que no sea gay, que no sea gay!") es: "Algún defecto tiene que tener".  Esta historia (absolutamente verídica) tiene que ver con eso. 


Hace algunas semanas y, tras largas insistencias por facebook, acepté a salir con un chico. Treinta y dos años, sin pareja y me invita al cine. "Estamos de parabienes", pensé. No me arreglé mucho, no suelo pintarme como una puerta ni vestirme como una prostituta de El Jagüel para conocer a alguien. Es más, tampoco me arreglo tras varias citas... ni me visto como prostituta ni uso lencería con transparencias... ni nada que se le parezca, a menos que realmente, pero REALMENTE... digo R E A L M E N T E sea NECESARIO... es más, no ha sido necesario en estos 29 años.


En fin, ya desestimado aquel sueño bucólico de que me pasara a buscar por mi casa, definió como punto de encuentro la montevideanísima esquina de 18 y Ejido. Ya empezamos mal. En esa esquina funcionaba el local de La Pasiva -que cerró hace unos meses y dicen los montevideanos, que van a abrir un megalocal de Burger King- y, en diagonal se encuentra un local de Mc Donald's. El hombre de mis sueños JAMÁS me diría que me espera en la puerta de Mc Donald's, sobre todo, porque el hombre de mis sueños sabría que tengo ciertos reparos antiimperialistas aún con la comida, perdón, sobre todo con la comida. Pero bueno, La Pasiva cerró... Mc Donald's está ahí... puedo concederle, porque aún no me conoce, que tenga este desliz...


Llego, impuntualmente, como corresponde porque, como dice un buen amigo, el tiempo es una superstición burguesa, y lo saludo. Lo reconocí enseguida, porque nunca había visto a nadie que se pareciera tanto a su foto de facebook como este pibe. Cruzamos al cine que está sobre la calle Ejido y del cual salía una fila de una veintena de individuos entre los cuales se advertían sospechosamente una abuela con su nieta de unos nueve años -y juro que pensé: "No me traes a ver Madagascar 3D"-. En fin, entramos, y le digo: "Hay que sacar las entradas". "No sé", me responde, "las saqué hoy temprano con los ABIS". CTRL, ALT, SUPR ¿Con los qué? En mi cabeza nunca jamás pude hacer coincidir los ABIS (o puntos de Abitab) con las entradas de cine y se me venían flashes del cartel que hay en mi Abitab que debe tener la programación de los hermanos Lumière. "Bueno", pensé... "el tipo es otro de esos rascas que ahorra en nimiedades como la entrada al cine... otro de esos que, cuando la seguridad social apremie, va a mirarme mientras cazo palomas en la plaza de los bomberos para comer". De todas formas, me pareció que era un amateur del cine con abis porque no sabía si tenía que canjear la entrada en la boletería o podía entrar con los papelitos que le habían dado. Entonces, más me decepcionaba, porque estaba 'estrenando' conmigo una promoción que desconocía... No sabía qué era peor y pensé varias veces, mientras salíamos del cine para hacer la fila y nos colocábamos detrás de la abuela con la nena, en parar un taxi salvador y largarme lo más lejos de ahí, hasta la seguridad de mi casa, donde seguramente podía ver cualquier película que estuvieran estrenando en mi computadora abrazada al gato -también cinéfilo como yo-. 


Pero, cual ley de Murphy empecinada en no quebrarse, sucedió algo peor: las dos únicas películas en 3D que estaban en cartel en ese cine eran la temida Madagascar 3 y la desestimable PROMETEO (película de Ridley Scott que amenazaba con ser la precuela de las mil y una ALIEN). Obviamente, prefería extraterrestres antes que animales. Para ninguna de las dos funciones había entradas. Sonriente se me acercó y me dijo que teníamos que esperar a la función siguiente, que traducida a minutos era algo así como 130 y a mí me pareció que esa era la medida de la eternidad, que si la elevaba al cuadrado y la multiplicaba por PI me iba a dar el área del universo. Entonces, sobrevino lo peor: "Esperamos sentados en la Intendencia", me dijo. Yo no daba crédito. ¿En la explanada de la Intendencia? ¿Con diez grados bajo cero de sensación térmica y unos cinco de temperatura real? ¡Este está completamente loco! "No", le dije, "¿por qué no vamos a tomar algo?". "Porque no tengo plata, me la gasté en las entradas al cine", me respondió. "Guát da fak?", pensé; y, con mi mejor cara, le dije que YO LO INVITABA  A TOMAR UNA CERVEZA A EL SUBTE, pizzería que queda a menos de 50 metros del cine. Mientras caminábamos, yo pensaba en mi sillón, en la televisión, en el cable, en la computadora y en los insustituibles momentos de amor verdadero que me proporcionaba Hendrix, mi gato, y que me estaba perdiendo por seguirle los delirios a este papanatas, que no solamente lo era en la teoría, sino que hacía una praxis acérrima de su papanatez. 


Ya que estaba ahí, brindándole mi preciado tiempo, le puse un poco de atención a lo que decía, a ver si lograba encontrar, por lo menos, algo que justificara mi espera hasta la función de la medianoche. NADA. Un vacío irreparable me envolvía. Cada vez peor, su tono de voz, sus gestos, sus lentes, su forma de comer, y lo peor, lo que me estaba contando, me aturdían inexorablemente. Y, para colmo de males, como decía un ex, no solamente es eso, es que me estoy incendiando si me ven con vos. 


No tomaba alcohol, a ver, cerveza, que, como dice otra amiga, se alquila en el cuerpo. No sabía de cine, no le interesaba el teatro, no había leído un libro entero, no tenía idea de quién era Shakespeare, de poesía ni hablamos... No sabía lo que era un liso... En ese momento comprendí que nunca había ido a La Pasiva y que, evidentemente, me había citado en la puerta de Mc Donald's con premeditación y alevosía.


Volvimos al cine, a la magia del 3D y los lentes que hay que devolver a la salida. A la media hora de avances y publicidad, al olorcito a pop recalentado y a maní con chocolate vencido. "Por lo menos", me dije, "va a estar callado dos horas". La película era un embole... peor que eso, el embole era 3D y se salía de la pantalla en un efecto óptico para abrazarnos a todos... "Por suerte", pensé, "en esta no me tengo que fumar a Sigourney Weaver... pero sí a una mina que se autopera la panza porque está embarazada de un alienígena... ¡grande Ridley Scott, seguimos robando con la misma idea durante cien años!". 


No quise volver a salir con el tipo cuando dos días después me dijo de ir a tomar mate a la rambla (comienzos del invierno, festival de pingüinos y oleaje criminal). Para tomar mate en la rambla en junio, lo mejor es ir con el acolchado... No me animé a decirle eso, pero lo pensé.