He contado un par de historias en las que muestro la idiosincrasia de los uruguayos, pero nunca descubro ante los demás cuál es mi propia idiosincrasia. Esta vez, la historia revela algo que me sucedió y que me deja desnuda frente a mi propia miseria, o tal vez, frente a mi propia humanidad…
Días atrás viajé a la Argentina, mi país. Un poco incrédula, porque la última vez que estuve del otro lado del charco me sentí bastante mal. Pero supongo que era porque me fui pensando que, tal vez (sólo tal vez), me iba a sentir tan cómoda como para quemar la cédula uruguaya en la puerta de la embajada… No sucedió, y eso me frustró un poco.
Retomo. Viajé a la Argentina a un encuentro de escritores y plásticos en San Juan. Fue la primera vez que viajé 1200 kilómetros sola. Pasé una semana maravillosa junto con personas increíbles y entrañables que han pasado a conformar lo que una amiga denomina familia intrapsíquica (y que algún día explicaré).
Acerca de la ciudad de San Juan no voy a poder hablar mucho, ya que estuve unas cuatro horas el primer día y otras cuatro el día de mi regreso. La mayor parte del tiempo la pasé en un pueblo llamando San José de Jáchal, una suerte de oasis de paz enclavado entre las sierras, a medio camino entre San Juan y el Paso de Aguas Negras, en la frontera con Chile.
Tampoco me voy a detener a hablar del impresionante recibimiento y acogida que tuvimos por parte de autoridades y habitantes de Jáchal, ni de lo bien que nos trataron, ni de lo bien que nos alimentaron –cosa importantísima para una gordita que habita en un país donde “Vengo de un avión que cayó en las montañas” es una frase plausible de conjurar si quiere justificar que ha sobrevivido comiéndose a sus amigos y parientes-.
Paso a contar la historia. Viernes a la mañana. Último día en Jáchal. La Municipalidad nos tenía planeado un paseo por la zona. La que suscribe, como siempre, se demora (por eso de que la hora es una superstición burguesa) y, en vez de salir desde la Casa de la Cultura en el colectivo junto con sus compañeros de viaje, los alcanza en la puerta de un museo. ¡Oh, sorpresa! También los acompañaba un cantor local, al que había visto noches atrás tocando en el restaurante donde nos alimentaban, y cuya mirada me había dejado cautivada y pensativa esa noche… pero los efectos del vino y un tal escritor valenciano que mandaba unas señales de humo al teléfono celular, habían logrado paliar esa sensación.
A veces, sólo a veces, el sol cae de determinada manera sobre alguien, el rumor del río se escucha desde dentro y el silencio de la piedra lo invade todo, a veces, sólo a veces, en ese pacto silencioso entre la naturaleza y la mujer, alguien se posa como un ave sobre una rama, anunciando con su canto un nuevo despertar. A veces, sólo a veces, entonces, uno se enamora perdidamente a primera vista y ve crecer esa sensación como un brote de vida que sale, sin pedir permiso, del corazón de una semilla.
Eso fue lo que me pasó. Me enamoré a primera vista (por segunda vez) de un hombre cuya piel era del color de la soledad, pero sus ojos eran del color del corazón. Y esta vez, con mate amargo de por medio, decidí acercarme a conversar. Me llevó toda la mañana traspasar los asientos del colectivo disimuladamente, hasta poder sentarme delante de él. Cuando llegué, ya no tenía ni agua caliente en el termo para poder convidarle un mate y así empezar una charla amena… Así que tuve que improvisar, sacar cualquier tema de conversación e intentar mantener la charla. La sorpresa me la llevé yo, cuando, horas más tarde, seguíamos hablando naturalmente, como si nos conociésemos de otra vida, y yo había dejado de intelectualizarlo todo, y había empezado a sentir una suerte de felicidad completa… Esa tarde pasará a ser, dentro de mis memorias, un capítulo importante: La tarde en que me enamoré en Jáchal.
Bajamos en varios lugares, yo lo miraba sin mirarlo… quiero pensar que él hizo lo mismo. No lo sé. Soy pésima para ese tipo de señales y mi astigmatismo mióptico, finalmente, no me permite ver ni de cerca ni de lejos…
Al terminar la tarde, terminó el viaje. Volvimos a la puerta de la Casa de la Cultura. Varias veces le oí decir mi nombre en las horas en que pasamos hablando. Varias veces, cuando dijo mi nombre, tuve que agarrarme fuerte de algún asiento para no perder el equilibrio. La conjunción de esa voz y esos ojos llenos de cielo me podían haber hecho quedar entre las sierras para siempre.
Antes de bajarnos, quedamos en vernos en la cena de despedida. Lo vi alejarse lentamente, guitarra al hombro, cruzando la plaza. Hubiese querido decirle que había planeado ver el amanecer con él. Lo esperé toda la noche. Amanecí en la puerta de la casa donde me estaba alojando.
Dicen, los que quedaron allá, que fue al lugar donde estábamos cenando y que no se animó a entrar. Dicen también, que pidió mi correo electrónico para escribirme. Todos los días, desde hace cinco días, reviso el correo con la secreta esperanza de encontrarme un mensaje suyo. Sé que tiene el tiempo de las estaciones; y yo, que en esta vida aprendí a despedir, a recibir, a dar, a olvidar y a perdonar… ahora estoy aprendiendo a esperar según el tiempo de las estaciones…
No hay comentarios:
Publicar un comentario