miércoles, 12 de diciembre de 2012

TEORÍA INVOLUCIONISTA I

Ahora que estoy en la misma situación que los 5,5 millones de parados en España, solo que en Montevideo y, pese a que estuve un tiempo con el ánimo a la baja, me he dedicado a observar el comportamiento de las personas ante pequeñas situaciones cotidianas y anoche, bajo una negra nube de mosquitos (tal vez uno o dos) reflexioné acerca de uno de los aspectos más notorios de la reivindicación de género: el sacrificio del caballero en pos de la igualdad.

Situación: Lluvia torrencial. La que suscribe fue al supermercado a buscar provisiones para la bienamada mascota (para los que no lo sepan, un pequeño felino llamado Hendrix). En el supermercado, descontando los empleados, habría unas cuatro o cinco personas. El local puede dividirse en cuatro partes: la entrada/salida (donde están las cajas, los guardabultos, la heladera de los lácteos y, obviamente, la puerta); un área central con tres pasillos atestados de comestibles no perecederos; el fondo, donde funciona la verdulería y, hacia la derecha, se abre otro salón, donde está la fiambrería, panadería, heladeras con productos congelados y bebidas. Pero, detrás de todo eso, al costado del mostrador de los fiambres y embutidos, hay una estantería donde uno puede comprar -para salir del paso- comida para perros y gatos y, en mi caso particular, también piedras sanitarias para gatos.

La comida estaba a la altura de mi cabeza, por tanto no me fue difícil servirme de ella; sin embargo, las piedras sanitarias estaban en el estante más alto, y, aún en puntas de pie, se me hacía bastante complicado alcanzar una bolsa. En el mismo sector del supermercado, a unos pasos no más, había cuatro hombres: el fiambrero, un reponedor y dos clientes. Ninguno de los cuatro ofreció ayuda. Era imposible no verme; primero porque es imposible no verme, tengo sobrepeso y me visto con ropas de colores, segundo porque estuve, literalmente, 45 segundos para alcanzar la bolsa. 

Supongamos que el chico de la fiambrería (entrado en los veinte años) no podía dejar lo que estaba haciendo; quedan otros tres. El chico que repone los productos, que no llega a tener 20 años, y los dos clientes, un hombre de unos treinta y algo de años y otro de alrededor de cincuenta. Tal vez esté generalizando, pero no parece ser una cuestión generacional... descartando también que el uruguayo tiende a tener una estatura media baja, y que esta, sumada al miedo a hacer el ridículo en público, podría haber afectado su comportamiento... Esta última hipótesis me parece un tanto descabellada. Me quedo con algo más simple: tanto hemos reclamado por la igualdad de género, que ahora, ante situaciones en las que podríamos necesitar la ayuda de los hombres, no la obtenemos, sea porque ellos no las detectan o sea también, porque nosotras no la pedimos.

En este caso, yo no le pedí ayuda a ninguno. Me las ingenié para pasar los dedos por entre las rejillas que tienen los estantes por delante, para que la mercadería no se caiga, fui empujando la bolsa con los dedos hasta la orilla y lo conseguí. Pagué la bolsa en la caja y la apreté fuerte, orgullosa de haber pensado todo esto mientras volvía a casa diciéndome edípicamente (o "eléctricamente", mejor): "Mi viejo estaría orgulloso de mí".