miércoles, 24 de octubre de 2012

EL QUE SABE, SABE; EL QUE NO, ES JEFE

Suelo tomar taxis, ahora, tal vez, un poco menos que antes. No me gusta el transporte público, lo confieso. Viajar como ganado en pie, a la buena de Dios, con el peligro de un ómnibus atestado de gente y de viejas con equipaje alteradas porque no encuentran asiento, sumadas a los "caballeros" de a pie que te empujan para subirse primero y al desaliño constante y a la odorífera contaminación de muchos empleados del transporte colectivo. Sí, señores, ¿por qué no? Tal vez tenga algunas veleidades burguesas bien acentuadas.

Retomo. Hace unos días, en una conversación amena con un tachero muy observador, me comentó que, para él, Montevideo era una ciudad "hinchapelotas". Con la explicación que me dio fue suficiente para que adhiriera yo también a la misma corriente de pensamiento crítico. Montevideo es una ciudad hinchapelotas porque está a medio camino entre la vorágine de ciudades como Buenos Aires y la tranquilidad cuasi perezosa de las ciudades del interior del Uruguay. Es decir, somos los habitantes de una ciudad que está tan alterada como para alternar entre la siesta adormecedora del "después de almorzar" y la locura exagerada de las horas picos del subte porteño (sin la magia del subte, oviamente).

Sin embargo, si me pongo a pensar de qué lado estoy a la hora de atender mi ritmo interior, bueno, tal vez esté bajo el embrujo de los "sesteadores perezosos". Sí, ¿por qué no? Confieso que mi ritmo interior no es el ritmo vertiginoso de la fibra óptica, sino, tal vez, el craquelado sonido estridente del viejo modem de conexión telefónica -ese que te dejaba usar Internet o el teléfono, pero no las dos líneas a la vez-. No es un pecado tomarse el tiempo para algunas cosas, tampoco es un pecado no agilizar nada si uno realmente, no está motivado. Lo que tiene esta ciudad es que es capaz de extirparte absolutamente todas las ganas de vivir y convertir el arcoiris en una nube gris dispuesta a permanecer suspendida en el aire viciando cualquier intento de felicidad...

En fin, una de las más acuciantes críticas acerca de mi entusiasmo laboral es, entre otras, la persona que me paga el sueldo. Confieso que, últimamente, voy a trabajar por el simple hecho de que no me descuenten ni un día de jornal, pero lo cierto es que mi trabajo me ha llevado de la desmotivación al tedio y, en estas últimas semanas, al spleen baudelairiano. Y, realmente, se me debe estar notando bastante, porque ya no me importa llegar tarde ni colmar ninguna expectativa ajena a pasar las ocho horas lo más rápidamente posible para llegar a casa a jugar con el gato.

De todas maneras, y como es característico en mí, tengo una explicación para ello. En toda relación de dos, la culpa puede ser repartida como un botín bucanero entre dos capitanes: 50% es mi culpa; 50% es culpa del otro. En este caso, yo no le estoy poniendo onda al laburo; pero la otra parte no me está poniendo onda a mí. Siempre dije que tener jefas mujeres es una de las peores experiencias que te pueden tocar. Sí, acúsenme de detractora de todo feminismo, de todo empoderamiento femenino y pónganme la M de machista escarlata en el pecho (como a Demi Moore en "La letra escarlata"; y, de paso, tráiganme a Gary Oldman para que me pervierta). 

Lo que más me ofusca, en este intento de intercambio de fuerza de trabajo por salario, como diría Marx, es que he pasado a ser el último orejón del tarro. Algo que una leonina megalómana no puede soportar. Pero no obstante eso, me he convertido en una suerte de chivo expiatorio al que le dan, un rato, todos los días. 

SITUACIÓN: Te ponen a la madre de tu jefa a laburar contigo. Ella es la señora que la engendró, o sea que tiene los genes más una edad considerable para obtener el Ph. D. en hinchapelotez. De cada tres llamadas recibidas, una es de ella. De cada cinco tareas para hacer, tres son órdenes de ella. De cada quilombo que se arma, la culpa de ese y del anterior, son tuyas. Sale a "promocionar" la obra en vez de ir a tomar el té al Oro del Rhin con las amigas y te dice, sin anestesia: "Yo puedo hacer esto porque tengo presencia y sé hablar." ¿Tengo que pensar que queda implícita la premisa de que yo no sé hablar ni tengo buena presencia? 

SITUACIÓN 2: La anteriormente mencionada madre de la jefa tiene la gran idea de presentar la obra en un teatro montevideano, pese a que tres de los cuatro actores -la cuarta actriz es la hija- se oponen rotundamente por falta de ensayo. La obra se presenta. Sale bien, o sea, no sale todo lo mal que podía haber salido. Mi jefa agradece a absolutamente todos los que trabajaron para la obra, incluida la pendeja que sacó unas fotos mal encuadradas y con las que hice, literalmente, magia para hacer un afiche (que, dicho sea de paso, hace demasiada justicia). Nadie se acuerda de agradecer a la persona que hizo el afiche. Al final, uno de los actores le agrega, "y gracias a Jimena también". No queda más remedio, después de todo, que decirme GRACIAS.

SITUACIÓN 3: Secretario de Cultura habla conmigo y piensa pagar el caché de la obra más traslado, comida y alojamiento de actores para hacer una función. Le comunico a mi jefa, le digo que es lo mejor que le puede pasar y que agarre viaje. Ella -más megalómana que yo- se sube al carro, le pide todo eso más hacer la boletería y que, prácticamente, le den la llave de la ciudad y un doctorado honoris causa a cada actor. ¿Cómo terminó eso? Secretario de Cultura decide, únicamente, prestar el teatro para la obra. Me encargo de mandar comunicados de prensa, de contactarme con instituciones educativas para que vayan a ver la obra, etc. Receptividad: CERO. ¿Quién tiene la culpa? Yo.

Entonces, concluyo, cual frase que bien pudiese ser acuñada por el filósofo de los medios Jacobo Winograd: El que sabe, sabe... el que no, es jefe. 


sábado, 6 de octubre de 2012

EL TIEMPO DE LAS ESTACIONES

He contado un par de historias en las que muestro la idiosincrasia de los uruguayos, pero nunca descubro ante los demás cuál es mi propia idiosincrasia. Esta vez, la historia revela algo que me sucedió y que me deja desnuda frente a mi propia miseria, o tal vez, frente a mi propia humanidad…
Días atrás viajé a la Argentina, mi país. Un poco incrédula, porque la última vez que estuve del otro lado del charco me sentí bastante mal. Pero supongo que era porque me fui pensando que, tal vez (sólo tal vez), me iba a sentir tan cómoda como para quemar la cédula uruguaya en la puerta de la embajada… No sucedió, y eso me frustró un poco.
Retomo. Viajé a la Argentina a un encuentro de escritores y plásticos en San Juan. Fue la primera vez que viajé 1200 kilómetros sola. Pasé una semana maravillosa junto con personas increíbles y entrañables que han pasado a conformar lo que una amiga denomina familia intrapsíquica (y que algún día explicaré).
Acerca de la ciudad de San Juan no voy a poder hablar mucho, ya que estuve unas cuatro horas el primer día y otras cuatro el día de mi regreso. La mayor parte del tiempo la pasé en un pueblo llamando San José de Jáchal, una suerte de oasis de paz enclavado entre las sierras, a medio camino entre San Juan y el Paso de Aguas Negras, en la frontera con Chile.
Tampoco me voy a detener a hablar del impresionante recibimiento y acogida que tuvimos por parte de autoridades y habitantes de Jáchal, ni de lo bien que nos trataron, ni de lo bien que nos alimentaron –cosa importantísima para una gordita que habita en un país donde “Vengo de un avión que cayó en las montañas” es una frase plausible de conjurar si quiere justificar que ha sobrevivido comiéndose a sus amigos y parientes-.
Paso a contar la historia. Viernes a la mañana. Último día en Jáchal. La Municipalidad nos tenía planeado un paseo por la zona. La que suscribe, como siempre, se demora (por eso de que la hora es una superstición burguesa) y, en vez de salir desde la Casa de la Cultura en el colectivo junto con sus compañeros de viaje, los alcanza en la puerta de un museo. ¡Oh, sorpresa! También los acompañaba un cantor local, al que había visto noches atrás tocando en el restaurante donde nos alimentaban, y cuya mirada me había dejado cautivada y pensativa esa noche… pero los efectos del vino y un tal escritor valenciano que mandaba unas señales de humo al teléfono celular, habían logrado paliar esa sensación.
A veces, sólo a veces, el sol cae de determinada manera sobre alguien, el rumor del río se escucha desde dentro y el silencio de la piedra lo invade todo, a veces, sólo a veces, en ese pacto silencioso entre la naturaleza y la mujer, alguien se posa como un ave sobre una rama, anunciando con su canto un nuevo despertar. A veces, sólo a veces, entonces, uno se enamora perdidamente a primera vista y ve crecer esa sensación como un brote de vida que sale, sin pedir permiso, del corazón de una semilla.
Eso fue lo que me pasó. Me enamoré a primera vista (por segunda vez) de un hombre cuya piel era del color de la soledad, pero sus ojos eran del color del corazón. Y esta vez, con mate amargo de por medio, decidí acercarme a conversar. Me llevó toda la mañana traspasar los asientos del colectivo disimuladamente, hasta poder sentarme delante de él. Cuando llegué, ya no tenía ni agua caliente en el termo para poder convidarle un mate y así empezar una charla amena… Así que tuve que improvisar, sacar cualquier tema de conversación e intentar mantener la charla. La sorpresa me la llevé yo, cuando, horas más tarde, seguíamos hablando naturalmente, como si nos conociésemos de otra vida, y yo había dejado de intelectualizarlo todo, y había empezado a sentir una suerte de felicidad completa… Esa tarde pasará a ser, dentro de mis memorias, un capítulo importante: La tarde en que me enamoré en Jáchal.
Bajamos en varios lugares, yo lo miraba sin mirarlo… quiero pensar que él hizo lo mismo. No lo sé. Soy pésima para ese tipo de señales y mi astigmatismo mióptico, finalmente, no me permite ver ni de cerca ni de lejos…
Al terminar la tarde, terminó el viaje. Volvimos a la puerta de la Casa de la Cultura. Varias veces le oí decir mi nombre en las horas en que pasamos hablando. Varias veces, cuando dijo mi nombre, tuve que agarrarme fuerte de algún asiento para no perder el equilibrio. La conjunción de esa voz y esos ojos llenos de cielo me podían haber hecho quedar entre las sierras para siempre.
Antes de bajarnos, quedamos en vernos en la cena de despedida. Lo vi alejarse lentamente, guitarra al hombro, cruzando la plaza. Hubiese querido decirle que había planeado ver el amanecer con él. Lo esperé toda la noche. Amanecí en la puerta de la casa donde me estaba alojando.
Dicen, los que quedaron allá, que fue al lugar donde estábamos cenando y que no se animó a entrar. Dicen también, que pidió mi correo electrónico para escribirme. Todos los días, desde hace cinco días, reviso el correo con la secreta esperanza de encontrarme un mensaje suyo. Sé que tiene el tiempo de las estaciones; y yo, que en esta vida aprendí a despedir, a recibir, a dar, a olvidar y a perdonar… ahora estoy aprendiendo a esperar según el tiempo de las estaciones…