miércoles, 28 de noviembre de 2012

El tiempo de las estaciones III

En mi cabeza sigue dando vueltas esa idea del tiempo de las estaciones. He llegado a entender el concepto desde mi interior, pero aún no puedo ponerlo en palabras tal como a mí me gustaría. Sin embargo, el tiempo de las estaciones me persigue y todo acontecimiento, últimamente, lo leo en clave de espera.

Hoy recibí un mail del cantor jachallero a quien le escribí una carta. Carta que tuve unos días conmigo y que no me animaba a mandar por miedo a desatar ese tiempo de espera que podría parecer interminable. Sin embargo, tomé coraje y la envié. Él me respondió que la carta le había llegado y que le había hecho una cosita en algún lugar... un "no sé qué", que no me explicó y al que trato de llenar con sensaciones positivas...

Sin embargo, ese mail que él me respondió, cierra el círculo del tiempo de las estaciones para esa acción puntual que fue la carta que yo le mandé. Ya no voy a esperar una carta con un matasellos de la provincia de San Juan, y sé que no voy a recibir un sobre donde, con su puño y letra, esté escrito mi nombre. Él cerró el tiempo de las estaciones con su respuesta electrónica. Y le agradezco que así sea. Aunque, de todas maneras, ha abierto otra espera, que, por razones mágico-cósmicas, no voy a revelar.

El problema se da cuando alguien no cierra el tiempo de las estaciones, y uno entra en una especie de duelo permanente e incierto, donde, a la larga o a la corta, por más empeño que se ponga en el olvido, la idea de la esperanza hiberna bajo la piel. Recuerdo una explicación nunca recibida, de un hombre del cual me enamoré profundamente hace algunos años, que desapareció de mi vida sin dar explicación alguna. Me llevó algún tiempo poder reponerme (incluso hoy, cuando pienso en él, me duele un poco el pecho) y, aunque intenté evitarlo, desoírlo, bloquearlo de facebook, ponerme contenta por sus conquistas amorosas, etc., algo en mí se retuerce cuando tengo noticias de él a la distancia. Esa es una espera que está abierta, tan abierta que, durante años, esperé que me escribiera para decirme que todo había sido un siniestro acto de cobardía y que, tras una reflexión, se había dado cuenta que estaba cometiendo el peor error de su vida. Sin embargo, la experiencia me muestra que eso no sucede.

Los dos vamos a sobrevivir sin la presencia del otro, y tal vez, el destino no buscaba unirnos, sino que buscaba otra cosa. Me pasa, de vez en cuando, que una de sus hijas me escribe. Y a mí, me llena de felicidad, no porque sepa que él va a enterarse, porque mantenemos nuestras charlas en una absoluta reserva, sino porque pienso que, entre los vericuetos del destino, estaba que ella y yo mantuviéramos una suerte de amistad. Y eso, en definitiva, es algo que he empezado a aceptar últimamente. No soy yo quien teje mi destino, mis deseos son, las más veces, caprichos. Hay una fuerza que domina los pasos de cada uno y, a veces, lo que uno quiere, no se parece en nada a lo que uno de verdad necesita.

1 comentario:

  1. Un puñado de verdades que comparto plenamente. He insisto con algo que te dije, creo a vos, la espera es la actitud más digna del hombre, pues muestra su verdadero lugar. Podemos hacer, de hecho, estamos empujados a hacer, pero la ultima palabra, gracias a Zeus, no la tenemos nosotros. En ese devenir mágico-cósmico es donde feliz-tragicamente nos movemos.

    Un abrazo.

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