Hace algunas semanas y, tras largas insistencias por facebook, acepté a salir con un chico. Treinta y dos años, sin pareja y me invita al cine. "Estamos de parabienes", pensé. No me arreglé mucho, no suelo pintarme como una puerta ni vestirme como una prostituta de El Jagüel para conocer a alguien. Es más, tampoco me arreglo tras varias citas... ni me visto como prostituta ni uso lencería con transparencias... ni nada que se le parezca, a menos que realmente, pero REALMENTE... digo R E A L M E N T E sea NECESARIO... es más, no ha sido necesario en estos 29 años.
En fin, ya desestimado aquel sueño bucólico de que me pasara a buscar por mi casa, definió como punto de encuentro la montevideanísima esquina de 18 y Ejido. Ya empezamos mal. En esa esquina funcionaba el local de La Pasiva -que cerró hace unos meses y dicen los montevideanos, que van a abrir un megalocal de Burger King- y, en diagonal se encuentra un local de Mc Donald's. El hombre de mis sueños JAMÁS me diría que me espera en la puerta de Mc Donald's, sobre todo, porque el hombre de mis sueños sabría que tengo ciertos reparos antiimperialistas aún con la comida, perdón, sobre todo con la comida. Pero bueno, La Pasiva cerró... Mc Donald's está ahí... puedo concederle, porque aún no me conoce, que tenga este desliz...
Llego, impuntualmente, como corresponde porque, como dice un buen amigo, el tiempo es una superstición burguesa, y lo saludo. Lo reconocí enseguida, porque nunca había visto a nadie que se pareciera tanto a su foto de facebook como este pibe. Cruzamos al cine que está sobre la calle Ejido y del cual salía una fila de una veintena de individuos entre los cuales se advertían sospechosamente una abuela con su nieta de unos nueve años -y juro que pensé: "No me traes a ver Madagascar 3D"-. En fin, entramos, y le digo: "Hay que sacar las entradas". "No sé", me responde, "las saqué hoy temprano con los ABIS". CTRL, ALT, SUPR ¿Con los qué? En mi cabeza nunca jamás pude hacer coincidir los ABIS (o puntos de Abitab) con las entradas de cine y se me venían flashes del cartel que hay en mi Abitab que debe tener la programación de los hermanos Lumière. "Bueno", pensé... "el tipo es otro de esos rascas que ahorra en nimiedades como la entrada al cine... otro de esos que, cuando la seguridad social apremie, va a mirarme mientras cazo palomas en la plaza de los bomberos para comer". De todas formas, me pareció que era un amateur del cine con abis porque no sabía si tenía que canjear la entrada en la boletería o podía entrar con los papelitos que le habían dado. Entonces, más me decepcionaba, porque estaba 'estrenando' conmigo una promoción que desconocía... No sabía qué era peor y pensé varias veces, mientras salíamos del cine para hacer la fila y nos colocábamos detrás de la abuela con la nena, en parar un taxi salvador y largarme lo más lejos de ahí, hasta la seguridad de mi casa, donde seguramente podía ver cualquier película que estuvieran estrenando en mi computadora abrazada al gato -también cinéfilo como yo-.
Pero, cual ley de Murphy empecinada en no quebrarse, sucedió algo peor: las dos únicas películas en 3D que estaban en cartel en ese cine eran la temida Madagascar 3 y la desestimable PROMETEO (película de Ridley Scott que amenazaba con ser la precuela de las mil y una ALIEN). Obviamente, prefería extraterrestres antes que animales. Para ninguna de las dos funciones había entradas. Sonriente se me acercó y me dijo que teníamos que esperar a la función siguiente, que traducida a minutos era algo así como 130 y a mí me pareció que esa era la medida de la eternidad, que si la elevaba al cuadrado y la multiplicaba por PI me iba a dar el área del universo. Entonces, sobrevino lo peor: "Esperamos sentados en la Intendencia", me dijo. Yo no daba crédito. ¿En la explanada de la Intendencia? ¿Con diez grados bajo cero de sensación térmica y unos cinco de temperatura real? ¡Este está completamente loco! "No", le dije, "¿por qué no vamos a tomar algo?". "Porque no tengo plata, me la gasté en las entradas al cine", me respondió. "Guát da fak?", pensé; y, con mi mejor cara, le dije que YO LO INVITABA A TOMAR UNA CERVEZA A EL SUBTE, pizzería que queda a menos de 50 metros del cine. Mientras caminábamos, yo pensaba en mi sillón, en la televisión, en el cable, en la computadora y en los insustituibles momentos de amor verdadero que me proporcionaba Hendrix, mi gato, y que me estaba perdiendo por seguirle los delirios a este papanatas, que no solamente lo era en la teoría, sino que hacía una praxis acérrima de su papanatez.
Ya que estaba ahí, brindándole mi preciado tiempo, le puse un poco de atención a lo que decía, a ver si lograba encontrar, por lo menos, algo que justificara mi espera hasta la función de la medianoche. NADA. Un vacío irreparable me envolvía. Cada vez peor, su tono de voz, sus gestos, sus lentes, su forma de comer, y lo peor, lo que me estaba contando, me aturdían inexorablemente. Y, para colmo de males, como decía un ex, no solamente es eso, es que me estoy incendiando si me ven con vos.
No tomaba alcohol, a ver, cerveza, que, como dice otra amiga, se alquila en el cuerpo. No sabía de cine, no le interesaba el teatro, no había leído un libro entero, no tenía idea de quién era Shakespeare, de poesía ni hablamos... No sabía lo que era un liso... En ese momento comprendí que nunca había ido a La Pasiva y que, evidentemente, me había citado en la puerta de Mc Donald's con premeditación y alevosía.
Volvimos al cine, a la magia del 3D y los lentes que hay que devolver a la salida. A la media hora de avances y publicidad, al olorcito a pop recalentado y a maní con chocolate vencido. "Por lo menos", me dije, "va a estar callado dos horas". La película era un embole... peor que eso, el embole era 3D y se salía de la pantalla en un efecto óptico para abrazarnos a todos... "Por suerte", pensé, "en esta no me tengo que fumar a Sigourney Weaver... pero sí a una mina que se autopera la panza porque está embarazada de un alienígena... ¡grande Ridley Scott, seguimos robando con la misma idea durante cien años!".
No quise volver a salir con el tipo cuando dos días después me dijo de ir a tomar mate a la rambla (comienzos del invierno, festival de pingüinos y oleaje criminal). Para tomar mate en la rambla en junio, lo mejor es ir con el acolchado... No me animé a decirle eso, pero lo pensé.
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