Retomo. Hace unos días, en una conversación amena con un tachero muy observador, me comentó que, para él, Montevideo era una ciudad "hinchapelotas". Con la explicación que me dio fue suficiente para que adhiriera yo también a la misma corriente de pensamiento crítico. Montevideo es una ciudad hinchapelotas porque está a medio camino entre la vorágine de ciudades como Buenos Aires y la tranquilidad cuasi perezosa de las ciudades del interior del Uruguay. Es decir, somos los habitantes de una ciudad que está tan alterada como para alternar entre la siesta adormecedora del "después de almorzar" y la locura exagerada de las horas picos del subte porteño (sin la magia del subte, oviamente).
Sin embargo, si me pongo a pensar de qué lado estoy a la hora de atender mi ritmo interior, bueno, tal vez esté bajo el embrujo de los "sesteadores perezosos". Sí, ¿por qué no? Confieso que mi ritmo interior no es el ritmo vertiginoso de la fibra óptica, sino, tal vez, el craquelado sonido estridente del viejo modem de conexión telefónica -ese que te dejaba usar Internet o el teléfono, pero no las dos líneas a la vez-. No es un pecado tomarse el tiempo para algunas cosas, tampoco es un pecado no agilizar nada si uno realmente, no está motivado. Lo que tiene esta ciudad es que es capaz de extirparte absolutamente todas las ganas de vivir y convertir el arcoiris en una nube gris dispuesta a permanecer suspendida en el aire viciando cualquier intento de felicidad...
En fin, una de las más acuciantes críticas acerca de mi entusiasmo laboral es, entre otras, la persona que me paga el sueldo. Confieso que, últimamente, voy a trabajar por el simple hecho de que no me descuenten ni un día de jornal, pero lo cierto es que mi trabajo me ha llevado de la desmotivación al tedio y, en estas últimas semanas, al spleen baudelairiano. Y, realmente, se me debe estar notando bastante, porque ya no me importa llegar tarde ni colmar ninguna expectativa ajena a pasar las ocho horas lo más rápidamente posible para llegar a casa a jugar con el gato.
De todas maneras, y como es característico en mí, tengo una explicación para ello. En toda relación de dos, la culpa puede ser repartida como un botín bucanero entre dos capitanes: 50% es mi culpa; 50% es culpa del otro. En este caso, yo no le estoy poniendo onda al laburo; pero la otra parte no me está poniendo onda a mí. Siempre dije que tener jefas mujeres es una de las peores experiencias que te pueden tocar. Sí, acúsenme de detractora de todo feminismo, de todo empoderamiento femenino y pónganme la M de machista escarlata en el pecho (como a Demi Moore en "La letra escarlata"; y, de paso, tráiganme a Gary Oldman para que me pervierta).
Lo que más me ofusca, en este intento de intercambio de fuerza de trabajo por salario, como diría Marx, es que he pasado a ser el último orejón del tarro. Algo que una leonina megalómana no puede soportar. Pero no obstante eso, me he convertido en una suerte de chivo expiatorio al que le dan, un rato, todos los días.
SITUACIÓN: Te ponen a la madre de tu jefa a laburar contigo. Ella es la señora que la engendró, o sea que tiene los genes más una edad considerable para obtener el Ph. D. en hinchapelotez. De cada tres llamadas recibidas, una es de ella. De cada cinco tareas para hacer, tres son órdenes de ella. De cada quilombo que se arma, la culpa de ese y del anterior, son tuyas. Sale a "promocionar" la obra en vez de ir a tomar el té al Oro del Rhin con las amigas y te dice, sin anestesia: "Yo puedo hacer esto porque tengo presencia y sé hablar." ¿Tengo que pensar que queda implícita la premisa de que yo no sé hablar ni tengo buena presencia?
SITUACIÓN 2: La anteriormente mencionada madre de la jefa tiene la gran idea de presentar la obra en un teatro montevideano, pese a que tres de los cuatro actores -la cuarta actriz es la hija- se oponen rotundamente por falta de ensayo. La obra se presenta. Sale bien, o sea, no sale todo lo mal que podía haber salido. Mi jefa agradece a absolutamente todos los que trabajaron para la obra, incluida la pendeja que sacó unas fotos mal encuadradas y con las que hice, literalmente, magia para hacer un afiche (que, dicho sea de paso, hace demasiada justicia). Nadie se acuerda de agradecer a la persona que hizo el afiche. Al final, uno de los actores le agrega, "y gracias a Jimena también". No queda más remedio, después de todo, que decirme GRACIAS.
SITUACIÓN 3: Secretario de Cultura habla conmigo y piensa pagar el caché de la obra más traslado, comida y alojamiento de actores para hacer una función. Le comunico a mi jefa, le digo que es lo mejor que le puede pasar y que agarre viaje. Ella -más megalómana que yo- se sube al carro, le pide todo eso más hacer la boletería y que, prácticamente, le den la llave de la ciudad y un doctorado honoris causa a cada actor. ¿Cómo terminó eso? Secretario de Cultura decide, únicamente, prestar el teatro para la obra. Me encargo de mandar comunicados de prensa, de contactarme con instituciones educativas para que vayan a ver la obra, etc. Receptividad: CERO. ¿Quién tiene la culpa? Yo.
Entonces, concluyo, cual frase que bien pudiese ser acuñada por el filósofo de los medios Jacobo Winograd: El que sabe, sabe... el que no, es jefe.
SITUACIÓN 3: Secretario de Cultura habla conmigo y piensa pagar el caché de la obra más traslado, comida y alojamiento de actores para hacer una función. Le comunico a mi jefa, le digo que es lo mejor que le puede pasar y que agarre viaje. Ella -más megalómana que yo- se sube al carro, le pide todo eso más hacer la boletería y que, prácticamente, le den la llave de la ciudad y un doctorado honoris causa a cada actor. ¿Cómo terminó eso? Secretario de Cultura decide, únicamente, prestar el teatro para la obra. Me encargo de mandar comunicados de prensa, de contactarme con instituciones educativas para que vayan a ver la obra, etc. Receptividad: CERO. ¿Quién tiene la culpa? Yo.
Entonces, concluyo, cual frase que bien pudiese ser acuñada por el filósofo de los medios Jacobo Winograd: El que sabe, sabe... el que no, es jefe.
Los seres inteligentes viven, piensan, aman, crean, dirigen, motivan, cuando es necesario elogian, reconocen, quizá viajan en taxi... Los mediocres suelen gobernar (o ser jefes) solamente.
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